Blog de Terapia Metabólica

CARCINÓGENOS AMBIENTALES.

septiembre 25, 2017

El hombre es lo que come dice el adagio hindú… y tenemos información cada vez más alarmante sobre la presencia de diversas substancias carcinogénicas infiltradas en los alimentos, cosméticos, productos de limpieza, combustibles, envases y fármacos de todo género, desde pesticidas, solventes, anticongelantes, lubricantes, antibióticos hasta desechos industriales y polución electromagnética. Irónicamente una de las sustancias que incorporamos en mayor cantidad es el oxígeno. Sin él no es posible vivir pero, a la vez, este nutriente invisible –que debe penetrar hasta lo profundo de las mitocondrias- está implicado en la producción de moléculas sumamente inestables, las Especies Reactivas del Oxígeno, precisamente en el sitio primario de la producción aeróbica de energía. Los radicales libres se caracterizan por tener un electrón sin aparear y por tanto buscan desesperada y “promiscuamente” unirse a la primera molécula que encuentren, para adquirir estabilidad. Se ha establecido hace décadas que los radicales libres están fuertemente implicados en el deterioro de la función mitocondrial, y con ello en el cáncer, el envejecimiento, la artritis, las cataratas, los infartos, las arrugas y hasta las manchas de la piel. Múltiples amenzas químicas acechan a los complejos respiratorios mitocondriales, y creciente evidencia sugiere que el progresivo deterioro de la capacidad enzimática de nuestras células para producir ATP aeróbicamente se debe en gran parte al daño causado por una larga lista de agentes químicos del entorno. Centenares de compuestos disruptivos de la función mitocondrial penetran diariamente en nuestro organismo causando un deterioro incremental en nuestro poder de fosforilación oxidativa.

Venenos respiratorios, irritantes y otras noxas del medio.

En nuestro mundo post-industrial la mayoría de los agentes causantes de cáncer ni siquiera son mutágenos, antes bien, son disruptores totales o parciales de algún componente de la cadena de enzimas[1] involucradas en la fosforilación oxidativa de glucosa. La razón por la que este hecho no ha sido considerado antes seriamente y en gran escala, es que todos los venenos mitocondriales conocidos, solo son inmediatamente fatales cuando se ingieren en altas concentraciones (rango mili-molar), pero aparentemente inocuos en bajas concentraciones (rango micro-molar), significando que son necesarios largos periodos de exposición sostenida para tener efecto carcinogénico mensurable. La insidiosa presencia de estos minúsculos contaminantes u oligotoxinas[2] no es registrable por métodos convencionales, y pasa desapercibida, pero su efecto sobre la capacidad respiratoria es acumulativo.

Tanto la progresiva anemización de las personas en función de la edad como la disminución de la densidad (masa) mitocondrial, asociadas al daño intrínseco que sufren dichas mitocondrias con la exposición a las especies reactivas del oxígeno, contribuyen al efecto inhibitorio.

La lista de potenciales carcinógenos ambientales es interminable, en particular porque muchos de ellos tienen una acción carcinogénica indirecta –por ejemplo, disminuyen la permeabilidad de las membranas celulares al oxígeno- lo que puede tomar años en producir finalmente su efecto. Las grasas poliinsaturadas contenidas en los aceites vegetales comunes (soja, girasol, maíz, maní) no solo contienen trazas de los solventes que se utilizan en su extracción a alta temperatura sino que son en sí mismos muy fácilmente oxidables. La peroxidación lipídica es un factor reconocido en el envejecimiento celular y la carcinogénesis. 

Ciertas condiciones fisiológicas –como el frío extremo- puede conducir también a la inhibición de la fosforilación oxidativa aún sin la ingerencia de una toxina. Presentes en los adipocitos, ciertos canales protónicos integrados a las membranas citoplasmáticas de la grasa parda (denominados proteínas desacopladoras) son capaces de disociar la respiración del mecanismo de síntesis final de ATP. Ricquier D, Bouillaud F (2000). "The uncoupling protein homologues:. Biochem. J. Este incremento de la combustión intracelular no resulta pues en la generación de ATP sino de calor, y es de crucial importancia para la supervivencia de los animales homeotermos -particularmente en el periodo neonatal y durante la hibernación- para mantener la temperatura corporal. El severo problema de la hiperglucemia y la hiperinsulinemia crónica, destructora de los capilares sanguíneos, para una progesiva caída en la presión parcial de oxígeno tisular (fallo microdistributivo), se ve empeorado por las oligotoxinas. Una breve lista de conocidos venenos respiratorios nos deja ver el peligro de la introducción de estos en el organismo:

Tóxicos mitcondriales

Origen

Sitio

Efecto en RESPIRACIÓN CELULAR

Antimicina

Piscicida

Complejo III

Se liga a la citocromo c reductasa (Q) inhibiendo la oxidación del ubiquinol.

Monóxido de carbono

Cianuro
Azida
Sulfuro de hidrógeno

Polución

Venenos

Complejo IV

Inhiben el transporte electrónico ligándose fuertemente el centro Fe-Cu en la CcO, impidiendo la reducción del oxígeno.

Oligomicina

Antibiótico

Complejo V

Inhibe la ATP sintetasa bloqueando el flujo de protones en la subunidad Fo.

CCCP (Carbolilcianuro-clorofenil hidrazona)

 

Veneno

Membrana interna

Protonóforo: Desactiva la unión de ADP+ Pi (en ATP sintetasa) disolviendo el gradiente protón-motriz al traspasar protones a través de la membrana.


DNP (2,4-Dinitrophenol)

Píldora “dietética” (1930) ,

veneno

Membrana interna

Protonóforo: Desactiva la unión de ADP+ Pi (en ATP sintetasa) disolviendo el gradiente protón-motriz al traspasar protones a través de la membrana.

Rotenona

Pesticida

Complejo I

Bloquea la transferecnia de electrones desde el complejo I hacia la ubiquinona

Malonato 

Oxaloacetato

Venenos

Complejo II

Inhibidores competitivos de la succinato deshidrogenasa.

* La antimicina es parte de una familia de antibióticos segregados por el Streptomyces, algunos de los cuales son empleados como fungicidas en la agricultura, contra hongos parasíticos del arroz. La rotenona, usada para el control de especies invasoras por la industria alimentaria, se vierte en lagos y ríos. Sus efectos colaterales alcanzan también el área neurológica, y que se sabe que la rotenona causa enfermedad de Parkinson.

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En tiempos recientes (de 1700 a la fecha) el desarrollo de las tecnologías humanas ha originado infinidad de industrias cuyos productos directos o accesorios son en algunos casos nocivos para el organismo. Si bien se han investigado parcialmente el efecto de dichos productos, necesariamente siempre hay aspectos que se pasan por alto debido a lo complicado de realizar pruebas de seguridad a gran escala y durante el suficiente tiempo con cada producto nuevo que se crea. A menudo, incluso en el caso de medicamentos sofisticados previamente aprobados por la FDA –como la Talidomida- los efectos nocivos se descubren cuando ya es demasiado tarde. Para complicar más las cosas, aún cuando se llega a establecer que determinada substancia (digamos un colorante dietético o un solvente en un champú) es segura, no hay modo de saber si su interacción con una o varias de las decenas de miles de otras substancias ya existentes en el mercado y de amplio uso no va a resultar carcinógena para el hígado, la vejiga o cualquier otro órgano.

En los variados alimentos que el Hombre acostumbra a consumir hay tanto carcinógenos como elementos protectores. Teóricamente, si el balance final de todos los elementos fuera favorable, es decir si incorporáramos suficientes anti-carcinógenos como para neutralizar todos los mutágenos, carcinógenos y radicales libres -exógenos o endógenos- reduciríamos notablemente las probabilidades de contraer cáncer.

Generados por varias industrias distintas, venenos como el malation, DDT, carbaryl, y muchos otros encuentran una ruta hacia nuestros tejidos. Una manera inmediata de disminuir el riesgo de contraer cáncer es disminuir la exposición a este tipo de sustancias[3] todo lo posible. La otra es, simultáneamente, suplementarse con dosis meta-nutricionales de los precursores enzimáticos del ciclo de Krebs y la cadena respiratoria, concretamente con riboflavina, niacina, pantotenato, ascorbato. Por cierto que, si no tuviéramos las enzimas respiratorias naturalmente presentes en nuestro cuerpo, ni las necesarias vitaminas, minerales y aminoácidos mencionados, con funciones catalíticas, antioxidantes, etc. moriríamos rápidamente. La patología caracterizada como progeria se debe justamente a un déficit de dichas enzimas caracterizada por una brutal aceleración del envejecimiento en los infortunados niños que la padecen, luciendo como verdaderos ancianos hacia el final de sus cortas vidas (de 13-15 años).

Especies reactivas del oxígeno: El enemigo interior.

No hay sobre el planeta un solo organismo vivo que respire oxígeno y no posea sistemas enzimáticos para el control de los radicales libres similares a los nuestros[4]. La mayor concentración de dichas enzimas registrada hasta la fecha la tiene la bacteria Radiodurans, capaz de vivir en el interior de un reactor nuclear. En altas concentraciones, el oxígeno es un potente veneno con efectos destructivos sobre el sistema nervioso central, la retina y los pulmones a través de la producción de radicales libres. Se ha visto que en animales experimentales la exposición a oxígeno puro (a 1 atmósfera absoluta de presión), es decir, unas cinco veces la concentración normal, se produjo una completa destrucción del timo, seguida de muerte por edema pulmonar a los cuatro días.

Si bien los humanos tenemos enzimas protectoras muy superiores a las de la mayoría de los animales las concentraciones normales de oxígeno a lo largo de toda una vida pueden producir daño acumulativo.[5] Para el humano común, este daño se debe a la generación mitocondrial de especies reactivas del oxígeno. Los radicales libres son partícipes necesarios de algunas reacciones metabólicas normales pueden neutralizar gérmenes e intervienen en mecanismos de control del ciclo celular. Hasta ahí su utilidad. El exceso de radicales libres es responsable de infinidad de trastornos y probablemente interviene en todo proceso patológico, sea cual fuere su origen. La radioactividad mata precisamente porque genera una masiva cantidad de radicales libres en los tejidos.

Un factor determinante en la toxicidad de los alimentos es su modo de preparación. En algunos casos, la toxicidad se disipa con la cocción. Una ventaja evolutiva bien definida que permitió a los homínidos (H. erectus, H. neandertalensis, etc.) dominar su entorno y competir con los animales por los recursos disponibles fue el dominio del fuego y la cocción de los alimentos. De no ser tóxicas en alguna medida, las semillas, bayas y granos más diversos ya se habrían extinguido hace milenios. Por otra parte los alimentos tostados y quemados o en general cocidos a altas temperaturas (fritos, asados, o tostados) producen transformaciones tóxicas en dichos alimentos. Las dos fuentes más abundantes de material quemado son el café y el cigarrillo, y secundariamente, todo lo tostado hasta el color marrón.

El cuerpo tiene ciertas defensas mecánicas establecidas contra la incidencia de mutágenos y carcinógenos, por ejemplo, renueva constantemente el epitelio de los intestinos, la piel, el estómago, la córnea, etc. Varios alimentos comunes, tanto verduras como proteína animal y lácteos posibilitan la fabricación de tejido nuevo (aminoácidos, Folato, vitamina B-12).

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Tan apetecibles, frescos, naturales e hipocalóricos como lucen, los vegetales necesariamente contienen cierta cantidad de toxinas endógenas que ellos mismos se vieron forzados a producir en el curso de su evolución para defenderse de los predadores. Muchos de esos pesticidas endógenos naturales (safrol, piperina, agaritina, y canavanina) son carcinógenos.

Las fuentes más importantes de radicales libres son el peróxido de hidrógeno y el superóxido, -subproductos del metabolismo normal-, y los radicales del oxígeno que se liberan tras la fagocitosis de virus o bacterias. Nuestras células defensivas devoran a estos agentes invasores liberando radicales libres en el proceso, razón por la cual es tan útil aumentar generosamente la provisión de antioxidantes durante una enfermedad infecciosa. Otro evento común que libera muchísimos radicales libres es la inflamación. Los minerales Zinc y Selenio son anti-carcinógenos de extrema importancia en el control de la oxidación por estas causas. Una dieta rica en Selenio inhibe significativamente la inducción experimental de tumores de la piel, hígado y colon, con diferentes carcinógenos, así como la inducción de tumores mamarios por virus. La escasez de Selenio en los suelos (y por tanto en la dieta) ha sido asociada fuertemente a la incidencia de diversos tipos de cáncer.

Por su parte, los alimentos ricos en ácido ascórbico tienen un importante rol como anti-carcinógenos y muestran una correlación inversa con la incidencia de enfermedades degenerativas e infecciosas a lo largo de la historia. La vitamina C ofrece protección anti-carcinogénica en animales tratados con radiación ultravioleta, benzopireno y nitrito. Existe la hipótesis de que el ácido ascórbico ha sido en parte substituído por el ácido úrico en su función de antioxidante durante la evolución de los primates (hecho que se cree tuvo lugar hace unos 60 millones de años). El ácido úrico es en realidad un potente antioxidante[6], que abunda en la sangre humana en concentraciones de entre 3 y 7 mg/dL, así como en la saliva, donde se piensa que confiere protección (junto con la enzima lactoperoxidasa) frente a varios carcinógenos. Alimentarse de órganos glandulares (mollejas, timo, huevas, hígado, etc.), ricos en purinas, aporta abundante ácido úrico. Lamentablemente, el exceso de ácido úrico puede empeorar la gota.

Las semillas oleaginosas, algunos pescados y plantas comestibles contienen el grupo de substancias (tocoferoles y tocotrienoles) colectivamente denominadas “vitamina E”. Los tocoferoles –siendo liposolubles- atrapan radicales libres en la fase oleosa de las células (las membranas están hechas de lípidos), y son por tanto de utilidad en el control de la oxidación. Se ha observado también un efecto protector del daño al ADN causado por radiación. La vitamina E incrementa notablemente la resistencia al ejercicio intenso prolongado que, se sabe, puede producir grave estrés oxidativo y daño tisular. Los vegetales, especialmente los de color amarillo, naranja y rojo contienen β-Caroteno probablemente implicado en la protección la grasa corporal y los lípidos de las membranas de la oxidación. Los carotenoides parecen ser anti-carcinógenos en los seres humanos y se usan en el tratamiento de algunas enfermedades genéticas –como las porfirias- en las que la extrema sensibilidad a la luz parece deberse a la formación de un poderoso oxidante, el oxígeno simple (1O2). Finalmente, las plantas comestibles en general contienen cantidades variables de elementos anti-cancerígenos como los bioflavonoides y los polifenoles que vienen evidenciando una amplia gama de acciones protectoras.

Endotoxinas vegetales.

El universo vegetal, del que se estima que hay unas 391,000 especies, está lleno de microscópicos peligros. Legiones de insectos, hongos y, por supuesto, bacterias pululan en los espacios verdes, y grandes animales herbívoros acechan también al mundo vegetal. Las plantas en la Naturaleza han estado a lo largo de millones de años bajo el constante ataque de centenares de miles de especies de insectos herbívoros, viéndose forzadas por ello a sintetizar grandes cantidades de fitotoxinas con el objeto de defenderse de sus depredadores. Una de las ilusiones cognitivas remanentes de antiguas concepciones mágicas y animistas de la realidad es que todo lo natural es necesariamente bueno. Creciente evidencia indica que la Naturaleza no es particularmente benigna, y que hay muchísimos más venenos que alimentos en el mundo que nos rodea. La cantidad de toxinas naturales en las plantas usadas por los humanos como comestibles es tan vasta que los químicos orgánicos han estado caracterizándolas por más de un siglo y medio, y aún no terminan. Las siguientes substancias -dependiendo de su concentración, modo de preparación y frecuencia de ingestión- son carcinógenas y/o teratogénicas:

Toxina                                               Alimento que la contiene

Safrol                                                  sarsaparrilla,

Piperina                                             pimienta negra

Hidrazinas                                         hongos comestibles (Gyromitra esculenta)

Agaritina                                             setas (Agaricus bisporus)

Fuorocumarinas (Psoralen)             higos, apio, perejil, chirivía

Solanina                                              papa (especialmente con brotes)

Quinonas                                            café, ruibarbo, mohos de la harina

Quercetina                                         cítricos

Teobromina                                       té negro, cacao

Vicina y covicina                               judías (habas blancas o Vicia fava)

Anagirina                                           leguminosas (lupine)

Canavanina                                        brotes de alfalfa

Progoitrina                                        repollo

En tiempos recientes se han puesto de moda algunos métodos que intentan combatir el cáncer con alimentos crudos, incluyendo grandes cantidades de brotes de alfalfa, soja, pasto verde, etc., todos los cuales abundan en fitotoxinas (venenos vegetales). Los argumentos detrás de estas técnicas son en su mayoría de carácter emocional (es decir, son creencias) con poco o ningún fundamento sólido documentado. Los alimentos crudos son calificados de “vivos”, “naturales”, “no adulterados”, y así por el estilo. La dieta crudívora, semejante a la de los monos, promulga volver a la forma primigenia, natural y no adulterada de alimentarse que tenía los homínidos hace 3 millones de años, antes del dominio del fuego. Si bien es cierto que la dieta emblemática de la civilización actual (fast food) es sumamente tóxica, una nutrición racional –basada en los sólidos conocimientos científicos disponibles, sería la conducta racional. Incidentalmente, tan recientemente como 120,000 anos atrás,  seres humanos vivían en promedio 18 años.

Nuestro entorno, en especial los lugares donde pasamos las dos terceras partes de nuestra existencia: el hogar y el trabajo, también abunda en compuestos potencialmente dañinos. Las primeras evidencias de esto no son nuevas. Hace más de cien años se advirtió, por ejemplo, una incidencia anormalmente alta de cáncer de vejiga entre los obreros de la industria de las tinturas textiles debido a la substancia β-naftilamina. La mitad de los trabajadores de las minas de uranio –mucho antes de que se reconociera que el polvo extraído era radioactivo (1939)-  moría de cáncer de pulmón. El asbestos, por su parte, ampliamente usado hasta hace poco como material aislante es responsable de una violenta forma de cáncer pulmonar (más específicamente de la pleura y el peritoneo) que afectaba no solo a los obreros sino también a sus familiares expuestos al asbestos a través de las partículas traídas a casa en las ropas del padre o esposo.

Muchos otros carcinógenos se han descubierto en diversas industrias: tetracloruro de carbono (CCl₄) usado en las tintorerías, el benzopireno, presente en los vapores del asfalto hirviente (usado en calles e impermeabilizaciones de techos), cloruro de vinilo en la industria del plástico, clorobifenilos –en las papeleras-, hidrocarburos aromáticos polinucleares (PAH) emitidos por las brasas de carbón para asar y ahumar, y muchos muchos otros.

Con todo, la esperanza de vida al nacer y (en mucha menor medida) la longevidad individual máxima de los seres humanos ha venido creciendo sistemáticamente en los últimos cientos de años. Lo más sensato al respecto de cómo disminuir las probabilidades de contraer cáncer debido a toxinas ambientales y endógenas es seguir un programa de suplementación nutricional lo más abarcador posible, basado en los conocimientos objetivos disponibles.

Charlie y la fábrica de carcinógenos.

Comenzando con la histórica detonación de “Baker” (operación Crossroads), la primera en una larga saga de pruebas atómicas a cielo abierto, nuestro planeta ha sufrido cientos de explosiones nucleares de magnitud creciente (kT) de las cuales a derivado una masiva cantidad de radiación. La radiación ionizante es sin dudas uno de los agentes carcinogénicos más conocidos, y es un hecho establecido que la radioactividad produce cáncer. Lo que no es de dominio público es que los niveles de radioactividad en nuestros alimentos y sobre nuestros cuerpos han estado aumentando desde 1945 hasta la fecha. Los seres vivos han estado expuestos desde siempre a la radiación natural: de elementos minerales como el Potasio-40, el radio y el Tritio, o bien de los rayos cósmicos.  En su totalidad, la exposición a estas formas de radiación de alta energía promedia unos 100 miliröentgens al año. Se ha establecido que dicha exposición –que no tenemos modo de evitar- causa cáncer, así como malformaciones congénitas (defectos de nacimiento). 

En la década de los cincuenta, Hardin Jones, Linus Pauling y otros estimaron que, en su conjunto, la radiación natural a que estamos expuestos son responsables de cuando menos el 9% de los cánceres. Agregando a esto las partículas radioactivas provenientes de explosiones nucleares a cielo abierto, el panorama se vuelve más tenebroso. Basado en sus investigaciones y en particular en el estudio dirigido por la Dra. Louise Reiss sobre la contaminación de la leche y otros alimentos con la radiación proveniente de las pruebas nucleares, Pauling y su esposa –la pacifista Ava Ellen- iniciaron una campaña contra el testeo y uso de armamento nuclear que lo condujo a la obtención de su segundo premio Nobel en 1962. La investigación de la Dra. Reiss (popularizada como The Baby Tooth Survey) se basó en el análisis de 50.000 “dientecitos de leche” entre 1948 y 1953, y encontró un incremento progresivo de la substancia radioactiva Estroncio-90 en ellos, proveniente de la contaminación de los campos agrícolas y ganaderos por lluvia radioactiva. Esto era a mediados de la década de los cincuenta, y mucho más ha sucedido en nuestro mundo en lo relativo a los usos militares o energéticos de la fisión atómica. De las 2.047 pruebas declaradas de armas nucleares llevadas a cabo en el planeta, 711 han tenido lugar en la atmósfera o bajo el agua (EEUU: 218, Rusia: 207, Inglaterra: 21, Francia: 45, China: 23). Se ha estimado que la carga total de las armas nucleares testeadas ha alcanzado los 438 megatones, un poder análogo al de 29.200 bombas de potencia similar a la arrojada en Hiroshima. Durante los 35 años (1945-1980) en los que se realizaron las pruebas nucleares en la atmosfera, tal cantidad de megatones equivale a haber detonado una bomba atómica del tamaño de la de Hiroshima cada once días. Adicionalmente, unos 4.000 kg de plutonio han sido depositados en el suelo como resultado de explosiones atómicas subterráneas.

No toda la radioactividad que inunda ahora la Tierra proviene de las armas. En Abril de 1986, poco después de medianoche, una tremenda explosión ocurrió en la gran planta nuclear de Chernobyl, en la otrora Unión Soviética, seguida de inmediato por la reacción en cadena que hizo al reactor #4 derretirse gradualmente. Sin dudas, este ha sido el peor accidente nuclear hasta la fecha, que despidió una extensa nube radioactiva a través de Bielorusia, Polonia y las Repúblicas Bálticas hasta llegar a Escandinavia. En pocos días, oleadas de radioactividad llevadas por el viento traspasaron las fronteras soviéticas llegando a gran parte de Europa del Este. La radiación ionizante referida, la misma que se usa en los tratamientos oncológicos para atacar los tumores o bien en medicina general para obtener las útiles radiografías, tomografías, fluoroscopias, etc. se mide en röentgens por hora. Una exposición de 500 röentgen/h durante cinco horas es letal para una persona. Los animales capaces de sintetizar ácido ascórbico tienen, interesantemente, una mayor resistencia. Una gallina resiste casi tres veces más que un hombre, y una cucaracha cien veces más. Normalmente, en las ciudades modernas el contador Geiger marcará unos 10 microröentgens/h. En el medio de la Habana Vieja, llena de castillos y palacios coloniales, la radiación es de 20 microröentgens[7] por hora. Esta es la radioactividad de la piedra.

En cambio, en las inmediaciones de los sitios donde se han realizado pruebas nucleares a cielo abierto, se han detonado armas atómicas o ha habido accidentes nucleares, la situación es bien diferente. Otra fuente, aunque de menor incidencia general son ciertos hospitales donde se usan máquinas de cobalto para tratamientos de radioterapia oncológica. Una de nuestras excelentes enfermeras trabajó, antes de comenzar en nuestro centro, en un importante hospital oncológico de la capital, y su estado de salud mostraba signos claros de un enorme estrés oxidativo. Según ciertos rumores, la bomba de cobalto del hospital emitía radiaciones en tanta cantidad que varias cuadras a la redonda estaban contaminadas.

De acuerdo al reporte de una doctora, muchos trabajadores del hospital (especialmente las mujeres) sufren de una sospechosa mala salud, adjudicada a la exposición radioactiva. Nuestro equipo hizo mediciones con un contador Geiger tanto en el interior como en las inmediaciones de los centros médicos en los que se hace radioterapia, así como en los centros especializados en radiología. Este riesgo laboral, si bien es muy alto para los profesionales de la salud expuestos, no constituye una amenaza global. En cuanto a la exposición a los rayos X (radiografías, tomografías) se considera que en promedio es igual a la exposición natural, o sea, 100 miliröentgens al año. Visto así, el uso médico de la radiación causa tantos cánceres como los rayos cósmicos y los minerales radioactivos naturales (otro 9%), aunque en muchos casos se justifica teóricamente el riesgo dado el enorme valor que se le adjudica en la práctica médica.

En suma, los núcleos atómicos radioactivos liberados a la atmósfera durante la fabricación y testeo de armas nucleares, así como las explosiones y fugas accidentales en las plantas de energía atómica, los submarinos atómicos averiados, las negligencias industriales, etc., han penetrado los organismos de cada ser vivo en la Tierra. Estos elementos (Estroncio-90, Cesio-137, Carbono-14, etc.) continúan incrementando la incidencia del cáncer en cada país.

Ernesto Prieto Gratacós.

 Laboratorio de Terapia Metabólica, Buenos Aires.

 Licencia Creative Commons  Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución -NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.


[1] Se les denomina inhibidores del ETS (Electron Transport System).

[2] Algunas sustancias que pueden encontrarse en los alimentos, fármacos, cosméticos, envases, o simplemente suspendidos en el aire que respiramos ingresan al organismo humano en cantidades sumamente pequeñas, en el orden de partes por millón (PPM). Las oligotoxinas no son inmediata y evidentemente letales pero su efecto continuado va deteriorando, en conjunto con factores como la impermeabilidad de las membranas al oxígeno, la capacidad respiratoria celular.

[3] muchísimos años más que otras aves de similar tamaño gracias a una concentración mayor de ciertas enzimas antioxidantes.

[5] Tristemente, antes de que se reconociera el carácter toxico del oxígeno muchos bebés prematuros expuestos a O2 puro terminaron ciegos, dependiendo del tiempo de exposición. Estos resultados obligaron a limitar el tiempo de la terapia. A concentraciones quince veces superiores a la normal los seres humanos mueren con convulsiones en menos de una hora.

[6] Igualmente, debido a su alto índice glucémico aún los vegetales ricos en ciertas vitaminas no deben formar parte del programa terapéutico si se está llevando a cabo una dieta cetogénica (ver el sistema KETO). 

[7] 1.000 micro-röentgens equivalen a un miliröentgen, 1.000 mili-röentgens equivalen a 1 roentgen. 1 roentgen/hora es entonces 100.000 veces la cantidad de radiación de una ciudad normal. En el centro de Prypiat (Chernobyl) a 23 años del accidente en el reactor nuclear #4. La radiación remanente permanecerá en el área por 48.000 años, pero los humanos podrán repoblar el lugar dentro de unos tres o cuatro siglos. Nadie habita la zona en unos 40 kilómetros a la redonda. En los días siguientes a la explosión algunos lugares cercanos al reactor emitían entre 4.000 y 30.000 röentgens/hora. Los desprevenidos bomberos que intentaron apagar el incendio dentro del edificio fueron incinerados en el acto por los rayos gamma. Un aspecto esencial en la prevención del cáncer es precisamente contrarrestar con antioxidantes el efecto nocivo de la radiación, ya sea que provenga de fuentes naturales o de problemas creados por el hombre.

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