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Blog de Terapia Metabólica

ENTRENAMIENTO ISOMÉTRICO

como tratamiento de las neoplasias.

noviembre 18, 2019

El entrenamiento físico sistemático activa un ancestral mecanismo de adaptación fisiológica al ejercicio que ha probado ser una auténtica terapia antitumoral. Entre varias razones para sus beneficios sobresale el hecho hecho de que las señales tisulares generadas durante el ejercicio promueven la captación de L-Glutamina -un importante combustible tumoral- en los músculos, así como de glucosa y aminoácidos glucogénicos circulantes en el plasma (1). Con la correcta nutrición, el ejercicio isométrico tiene efectos anticatabólicos. Este hecho tiene relevancia dado que uno de los problemas más serios que enfrenta el paciente oncológico es la caquexia o emaciación, responsable de un tercio de las muertes por cáncer (2). Nuestro grupo de investigación clínica ha explorado opciones nutracéuticas, coadyuvantes del ejercicio, que eventualmente resultarán disponibles de modo universal, en un espectro amplio de dianas terapéuticas, desde el uso de ácidos grasos omega-3 y cetoésteres, hasta la inhibición farmacológica de la miostatina. Explotar la asimetría funcional entre las células tumorales y las de los tejidos sanos es ya posible en el entorno clínico. Uno de los modos más seguros y costo-efectivos es la implementación de un programa específico de entrenamiento con ejercicios isométricos, esencialmente inocuo, replicable de inmediato a escala hospitalaria. La práctica de una disciplina fisio-respiratoria en el entorno clínico ha sido parte integral del programa de Terapia Metabólica del Cáncer desde sus inicios. La lógica detrás de esta decisión se funda –con extensa documentación científica- en:

  1. el positivo impacto que el ejercicio tiene en el metabolismo;
  2. el incremento del caudal circulatorio y decremento de la hipoxia;
  3. la disminución de la resistencia vascular periférica;
  4. la disminución del estatus inflamatorio (importante impulsor de la tumorogénesis) y,
  1. la mejoría del apetito y la digestión, notoriamente afectadas tras cierto estadio en el cáncer.

A nivel metabólico, el ejercicio incrementa la sensibilidad insulínica y promueve la remoción de glucosa desde la sangre hacia los músculos, disminuyendo así la disponiblidad de este sustrato en los tejidos tumorales que con tanta avidez la absorben. El incremento en la eficacia de la bomba cardíaca, resultante de la conocida respuesta de adaptación al ejercicio, vigoriza al organismo e incrementa la distribución de los fármacos, afectando positivamente la farmacodinamia. Con el entrenamiento asiduo aumenta la irrigación de los tejidos y con ello la presión parcial de oxigeno tisular (tpaO2), contribuyendo de inmediato a normalizar la presión arterial y a la flexibilidad de los vasos sanguíneos. Al mismo tiempo, desciende la inflamación sistémica crónica, lo cual se manifiesta en los niveles de proteína C-reactiva. También, las funciones digestivas y el apetito se ven incrementados, con claro beneficio para el paciente, a menudo afectado por la anorexia (entendiendo por esto la anorexia cancerosa, no la anorexia nervosa).

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En un plano más subjetivo, pero igualmente medible, hemos observado durante más de una década que el entrenamiento regular con ejercicios isométricos, respiración abdominal y meditación guiada, levanta el ánimo y la moral de nuestros pacientes, incrementando la adhesión al programa de tratamiento. A pesar de la enorme cantidad de evidencia científica sobre sus beneficios, virtualmente ningún servicio oncológico incluye terapia física en su protocolo. Sin embargo, el ejercicio adecuado y sistemático ha demostrado tener impacto objetivo tanto en la prevención del cáncer (disminuyendo su incidencia) como en la terapéutica (incrementando la sobrevida). Se describen a continuación, en apretada síntesis, hallazgos relevantes reportados por varios autores, con referencias accesibles en la literatura:

El sedentarismo esta asociado a la mortalidad por cáncer. En el estudio CÁNCERES EN AUSTRALIA EN 2010 ATRIBUIBLES A INSUFICIENTE ACTIVIDAD FÍSICA (3), que estimó los cánceres causalmente asociados con insuficiente actividad física, Olsen et al. encontraron un incremento del 17% en la mortalidad por cáncer, atribuible a la falta de ejercicio; en tanto que el formidable colectivo de autores liderados por Anne McTiernan demostraron de manera independiente en PREVENCIÓN Y MANEJO DEL CÁNCER A TRAVÉS DEL EJERCICIO Y EL CONTROL DEL PESO (4), que el ejercicio vigoroso y frecuente puede disminuir casi a la mitad el riesgo de contraer cáncer de Colon, Mama, Pulmón y Próstata.

En varones con cáncer de próstata, el ejercicio físico está asociado con un decremento en la mortalidad. Incluso una modesta cantidad de ejercicio vigoroso (bicicleta, carrera o natación) por más de tres horas a la semana puede influir significativa y específicamente en la sobrevida al cáncer prostático luego del diagnóstico (5). En el estudio que publicó dichos hallazgos: ACTIVIDAD FÍSICA Y SOBREVIDA TRAS EL DIAGNÓSTICO DE CÁNCER EN EL ESTUDIO DE SEGUIMIENTO A PROFESIONALES DE LA SALUD,  Kenfield et al. reportaron que hombres que practicaron ejercicios vigorosos ≥3 horas semanales tuvieron un riesgo 49% menor de mortalidad por toda causa, y un riesgo 61% menor de mortalidad especifica por cáncer de próstata (comparados con varones que realizaron ≤1 hora semanal de ejercicio).

El ejercicio protege contra las sustancias carcinogénicas. En el estudio experimental EL EJERCICIO ALTERA EL EJE IGF IN VIVO E INCREMENTA LA PROTEÍNA P53 EN CÉLULAS TUMORALES PROSTÁTICAS IN VITRO (6), Leung et al. describen el impacto del ejercicio diario en la rueda giratoria sobre ratones de laboratorio expuestos a carcinógenos. Los ratones ejercitados experimentaron menos tumores -y de menor tamaño- tras una exposición prolongada a diversos carcinógenos. La interesante implicancia de este trabajo experimental es no solo que el ejercicio protege de las substancias carcinogénicas, sino que esta protección es de carácter sistémico, independiente de la naturaleza de la toxina empleada. Además, hasta cierto punto, es capaz de revertir el efecto que las toxinas hayan producido.

El ejercicio aeróbico inhibe la progresión tumoral en cáncer de mama. Si bien los reportes epidemiológicos apuntan a una significativa protección otorgada por el ejercicio vigoroso y sistemático, los mecanismos implicados en dicho efecto no se comprenden aun cabalmente. Explorando en esta dirección, Jones y col. reportaron en EFECTOS DEL EJERCICIO AERÓBICO EN LA FISIOLÓGICA TUMORAL EN UN MODELO ANIMAL DE CÁNCER DE MAMA (7) efectos mitigantes del entrenamiento voluntario sobre el cáncer. El impacto del entrenamiento en varios rasgos biológicos centrales del cáncer –hipoxia, angiogénesis, inflamación, vascularización intratumoral- es sumamente interesante. Si bien se trata de un modelo experimental, la “normalización” del microambiente tumoral resultante de una mejoría en la densidad vascular tiene importantes implicaciones, vis-à-vis la inhibición de la metástasis y el incremento de la eficacia de las terapias convencionales.

La ejercitación regular con pesas reduce la probabilidad de morir de cáncer entre 30-40%. El estudio prospectivo FUERZA MUSCULAR Y ADIPOSIDAD COMO PREDICTORES DE MORTALIDAD POR CÁNCER EN EPIDEMIOLOGÍA Y PREVENCIÓN DEL CANCER MASCULINO (8) publicado por Ruiz et al. midió varios parámetros físicos en 8,677 hombres de entre 20 y 82 años, manteniéndolos bajo observación desde 1980 hasta el 2003. Esto fue posible gracias a que los sujetos analizados integraban un abarcador ensayo a largo plazo denominado The Aerobics Centre Longitudinal Study. Aun teniendo en consideración todos los factores que, probablemente, podían introducir confusión, se encontró que “altos niveles de fuerza muscular están asociados con una menor mortalidad por cáncer en varones, independientemente de otros parámetros clínicos bien establecidos, como la adiposidad central”.  

El ejercicio vigoroso inhibe o retarda la progresión tumoral. En un estudio que involucró a 1,455 hombres con cáncer de próstata localizado, 3 ó más horas de actividad física vigorosa por semana pudieron disminuir el riesgo de mortalidad por cáncer de próstata en casi un 30%, y disminuir la tasa de progresión de la enfermedad en un 57%. El estudio, ACTIVIDAD FÍSICA TRAS EL DIAGNÓSTICO Y RIESGO DE PROGRESIÓN DEL CÁNCER DE PRÓSTATA: Datos del Strategic Urologic Research Endeavor (9) mostro la importancia de la intensidad, más que de la duración, del ejercicio. Los autores, Richman, Kenfield et al., interpretaron los datos obtenidos en el sentido que la eficacia antitumoral del entrenamiento físico depende del ejercicio intenso (vigoroso y corto) y no del extenso (leve y prolongado). Este mismo grupo de investigación ya había reportado previamente que en el periodo post-diagnóstico, “la ejercitación vigorosa estaba asociada a un 61% de reducción -estadísticamente significativa- del riesgo de mortalidad específica por cáncer de próstata (10).

El sedentarismo es ya considerado un factor causal en el surgimiento y progresión de los tumores. Tan profundo y abarcador es el efecto fisiológico del ejercicio, que en ACTIVIDAD FISICA Y CANCER COLORECTAL (11), la epidemióloga molecular Martha Slattery enfatiza esta noción, basada en mecanismos biológicos implicados en el ejercicio, tales como incremento de la motilidad intestinal, robustecimiento del sistema inmune, decremento de la insulinemia y los niveles de IGF-1, decremento de la obesidad y la inflamación sistémica, así como fortalecimiento de los sistemas de control de especies reactivas del oxígeno (ROS). Tomada en su conjunto, la evidencia epidemiológica y experimental provee un fuerte respaldo al potencial tumorogénico del sedentarismo. Esta autora estima que entre un 12-14% de todos los casos de cáncer de colon pueden ser atribuidos a la falta de frecuentes y vigorosas actividades físicas.

En dos estudios análogos enfocados en la misma patología: ACTIVIDAD FÍSICA Y SOBREVIDA TRAS DIAGNOSTICO DE CÁNCER COLORECTAL (12) (y su ensayo de seguimiento sobre patología en Fase III), Meyerhardt et al. encontraron que –considerada a partir de la fecha del diagnóstico- la actividad física tiene una correlación inversamente proporcional con la mortalidad. En este caso, la actividad física incluyo también tareas ligeras y actividades recreacionales (como paseos, limpieza, acarreo de compras y jardinería). Aquellos sujetos que realizaron por lo menos 18 horas semanales de actividades físicas metabólicamente equivalentes (MET) vieron decrecer su riesgo específico de muerte por cáncer al menos un 60% (Hazard Ratio 0.39 [95% CI, 0.18 to 0.82]). El hecho de que disminuya tan dramáticamente el cociente de riesgo[1] aún tras corregir por diversos factores que podrían introducir confusión en el análisis, refuerza el argumento del efecto pleiotrópico y multifactorial del ejercicio físico en la fisiología humana. La amplitud y profundidad de la evidencia científica disponible acerca la influencia del ejercicio en la biología tumoral es en verdad enorme. A la fecha de esta publicación (Noviembre 10, 2019) se registran en PubMEd 16,984 artículos científicos tras los términos de búsqueda “physical exercise cancer” Varias decenas de artículos de este conjunto son en realidad revisiones sistemáticas de la literatura científica, lo cual aporta robustez a dichos argumentos. Véanse al respecto:

ACTIVIDAD FÍSICA, BIOMARCADORES Y RESULTADOS TERAPÉUTICOS EN SOBREVIVIENTES DEL CÁNCER: UNA REVISIÓN SISTEMÁTICA. (13)

PREVENCIÓN DEL CÁNCER Y ACTIVIDAD FÍSICA: REVISIÓN DE LA EVIDENCIA ACTUAL Y LOS MECANISMOS BIOLÓGICOS. (14)

IMPACTO DEL EJERCICIO FÍSICO EN EL CRECIMIENTO Y PROGRESIÓN DEL CÁNCER EN ROEDORES- REVISIÓN SISTEMÁTICA Y META-ANÁLISIS. (15)

Aunque resulte extraño, a pesar de la enorme evidencia de su valor terapéutico, el entrenamiento físico rara vez forma parte del programa de tratamiento oncológico en el mundo de habla hispana, ni en las Naciones del Commonwealth. Esto ciertamente no es así en otras partes del mundo. Este autor ha tenido experiencia directa del empleo del ejercicio con fines terapéuticos en Cuba (CIREN, 1990-1994)[2], en tanto que China mantiene hospitales estatales dedicados al tratamiento de enfermedades crónicas por medio de ejercicios físicos especiales, así como al entrenamiento de profesionales médicos para este mismo fin (16). En estos hospitales, la terapia física es una verdadera forma de medicina. A pesar de las diferencias conceptuales entre ambas visiones del mundo, la eficacia de estas intervenciones está ampliamente documentada y existe total consenso sobre sus beneficios.

A diferencia del deporte, el jogging o el Hatha Yoga, el entrenamiento de pacientes oncológicos debe hacer énfasis en desarrollar la fuerza y restaurar el metabolismo, no en “quemar calorías” o en prolongados ejercicios cardiovasculares de desgaste. En el contexto del tratamiento de los tumores sólidos, los ejercicios con intención terapéutica son esencialmente isométricos, en la forma de una serie de posiciones sostenidas, con énfasis en la respiración abdominal y la auto-observación. La respiración diafragmática es el activador orgánico que acompaña estos ejercicios, y consiste en INHALAR llenando el bajo vientre (no el pecho), para luego EXHALAR vaciando el bajo vientre con fuerza consciente, produciéndose así un profundo masaje interno en todos los órganos y vísceras.

A esto se agrega como colofón, hacia el final de cada sesión de práctica, la inducción de un estado meditativo y de relajación profunda -el aspecto mental- que propicia la restauración orgánica. Existe abundante evidencia de los efectos positivos de diversas técnicas de meditación e introspección (mindfulness, TM, Qi Gong, etc.) (17).

Notas:

[1] En el abordaje estadístico denominado Análisis de Supervivencia, el cociente de riesgo (Hazard Ratio) es la razón de las tasas de un potencial daño -bajo las mismas condiciones descritas- entre dos niveles de una misma variable. Si se tratara de un estudio clínico en torno una droga farmacológica, por ejemplo, el grupo de pacientes tratados con la droga evaluada puede morir al doble de la tasa que la población de control. El cociente de riesgo sería entonces 2, indicando un mayor riesgo de muerte (por unidad de tiempo) debido a la droga. En cambio, si la mortalidad registrada fuera la mitad. El cociente de riesgo sería 0,5.

[2] Centro Internacional de Restauración Neurológica, en La Habana, Cuba, fundado por la doctora Hilda Molina, sede matriz de la Federación Internacional de Medicina Holística, de la que este autor fue uno de los 23 miembros fundadores.

 Ernesto Prieto Gratacós.

 Laboratorio de Terapia Metabólica, Buenos Aires.

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